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Raúl Martínez Pardos

Cómo poner nombre a una marca

Nombres posibles hay infinitos. Pero cuando una marca existe de verdad, ya no nos imaginamos otro.

Nombres posibles hay infinitos. Podrías llamar a una marca de zapatillas «Azul 47», a una floristería «Grupo Floral Mediterráneo» o a una taberna «Taberna El Vermú».

Ninguno de esos nombres está mal. Simplemente podrían llamarse de otra manera. Y ahí está el problema. O la solución.

Cuando una marca todavía no existe, casi cualquier nombre parece válido. Pero cuando una marca existe de verdad, ocurre algo curioso: ya no nos imaginamos otro.

Nike es Nike. IKEA es IKEA. Y la frutería de tu barrio probablemente se llame de alguna forma que apenas recuerdas, porque cuando vas a comprar sandía, no vas a ese sitio que tiene nombre. Vas a la frutería.

Sin embargo, cuando alguien va a Nike, muchas veces no va solo a comprar unas zapatillas. Va a Nike. Y esa diferencia importa.

Porque una marca empieza a existir cuando deja de ser únicamente lo que vende y empieza a significar algo más. Por eso, una de las primeras oportunidades que tiene una marca para decir quién es, está en su nombre.

Un nombre no construye una marca por sí solo. Claro que no. Pero sí puede darle un lugar desde el que empezar a contar quién es.

Y eso, para mí, es empezar con buen pie.